
La palabra disciplina deriva del griego paideia que significa tutoría, guía, entrenamiento, instrucción, corrección. En la Biblia hace referencia a la formación o restauración. La disciplina para los padres hoy en día es un desafío al tratar de equilibrar la gracia y el amor mostrados por Dios para la corrección de los hijos. ¿Cómo podemos disciplinar de manera que nuestros hijos sientan el amor, mientras los corregimos y enseñamos lo que es correcto?
Disciplinemos para corregir y no para castigar. La verdadera disciplina tiene un propósito mucho más profundo que el mero hecho de simplemente imponer un castigo a un mal comportamiento. La disciplina bíblica está diseñada para corregir, guiar y formar el carácter del niño, no para imponer castigos que causen resentimiento o miedo; la meta es reflejar el carácter y el amor de Dios mientras se busca el bienestar de los hijos a través de una corrección amorosa que se convierta en una enseñanza perdurable para su vida.
La disciplina efectiva no solo se enfoca en la corrección, sino que también debe de estar impregnada de gracia. Dios nos disciplina con amor y paciencia, y como padres, estamos llamados a hacer lo mismo. Colosenses 3:21 (NBLA) nos dice: “Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten”. Castigar sin una dosis de gracia puede desalentar a los niños, haciéndolos sentir que no hay oportunidad para redimirse o mejorar. Después de corregir a un niño es fundamental asegurarle que, aunque haya cometido un error, sigue siendo amado y valorado. Apliquemos una disciplina equilibrada que integre corrección y gracia, enfocándonos no solo en cambiar el comportamiento del niño, sino también en moldear su corazón y guiarlo hacia acciones positivas y conscientes.
• Mostrar gracia no significa ignorar una mala conducta en nuestros hijos (“el que escatima la vara odia a su hijo, más el que lo ama lo disciplina con diligencia” [Prov. 13:24 RVR60]). Debemos abordar los errores desde el lugar de la empatía y la comprensión; una mala conducta nos debe llevar a escuchar las emociones detrás de dicha acción; regularmente, detrás de cada actitud/acción se esconde un sentimiento, una emoción que muchas veces los niños no saben cómo expresar. La gracia otorgada ante dicha acción debe ayudarles a recordar que el error es parte de un aprendizaje que debe durar para toda su vida.
• Evitemos centrarnos solo en el fallo, ello ayudará al niño a ver la gracia de Dios modelada efectivamente por parte nuestra.
• Escuchemos con el propósito de comprender antes de apresurarnos a imponer un castigo. Preguntas como: “¿cómo te sentiste antes de hacer esto?”, “¿qué te llevó a sentirte así?”, “¿qué podemos hacer juntos para que no vuelva a suceder?”, “¿Cómo puedo ayudarte?” abren espacio para el diálogo y el entendimiento. Tener una conversación profunda, adaptada al nivel del niño puede ayudarlo a identificar y canalizar sus emociones de manera saludable, evitando que estas se manifiesten en conductas negativas/agresivas.
• Una mala conducta, abordada con conversación y corrección, puede transformarse en una valiosa oportunidad para fortalecer la comunicación entre padres e hijos, es una circunstancia propia para modelar el gran amor de Dios a través de Su gracia redentora e infinita.
Nuestros hijos son una gran bendición que el Señor nos da, permitiéndonos experimentar una forma de amor incondicional que de otra manera nunca llegaríamos a conocer. A través de ellos desarrollamos la paciencia, la gratitud, la bondad…, pero sobre todas las cosas, aprendemos a mantenernos humildes en constante oración y absoluta dependencia de nuestro buen Dios. Ellos son un préstamo precioso por parte de Dios, nuestra tarea es enseñarlos a andar en Sus caminos, para honrarle y glorificarle en cada etapa de su vida.
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