El divorcio y nuestros hijos

Es alarmante como ha aumentado la cantidad de divorcios tanto en el mundo secular como en el sector cristiano. Es cierto que el rompimiento de una relación como el matrimonio a veces es necesario ya sea porque hay violencia, adicciones que ponen en peligro la estabilidad del hogar o infidelidades no resueltas. También en situaciones en las que uno de los dos pide el divorcio porque alega que ya no ama a su pareja y por supuesto, no puede obligar a su pareja a que le ame o que siga en la relación. Lo cierto es que la mayoría de la gente se divorcia por razones que no tienen validez y que se pueden resolver. Sin percatarse que dejan a su pareja porque tiene unas debilidades o defectos y luego se vuelven a casar y la otra persona no tiene los defectos que tenía la anterior, pero tiene unos nuevos. De ahí que las personas se casan, se divorcian y se casan una y otra vez y llegan a la vejez y nunca fueron felices en ninguna relación, porque pensaron siempre que la felicidad es un traje que baja del cielo hecho a la medida para todos aquellos que la desean.

Lo que las personas ignoran es que cada vez que contraen nuevas nupcias las posibilidades de divorciarse aumentan considerablemente y las relaciones matrimoniales se complican también vertiginosamente porque comienza la historia de “mis hijos, tus hijos y los nuestros”. Es mi anhelo que puedas comprender que toda relación necesita ser trabajada con amor, paciencia y dedicación. Que en toda relación es necesario muchas veces negarnos a nosotros mismos en beneficio de la unidad familiar sin perder nuestra identidad ni nuestra dignidad. Que para que una relación sea fructífera, Dios tiene que estar en primer lugar en la familia. Pero, no de boca, ni con una actitud de religiosidad sino de corazón. Cuando el amor de Dios impregna nuestra vida nos capacita para tener la misericordia, la templanza y el amor para cultivar la difícil empresa del matrimonio. Recordemos que son dos vidas diferentes que vienen de hogares diferentes en los que la visión del mundo en que vivimos, la forma de resolver los conflictos, la forma de demostrarse el amor es diametralmente opuesto el uno del otro. Solo el amor y la misericordia de Dios, nos enseña cómo seguir amándonos, aunque pensemos diferente. Solo el amor de Dios nos enseña a modificar malas actitudes por amor a los demás.

Si consideráramos la triste realidad del divorcio, creo que muchos preferirían dedicar tiempo y esfuerzo para sanar su relación en lugar de romper la relación o cambiar de pareja. ¿Qué significa realmente un divorcio? Es el rompimiento de una familia en el que nunca llegamos a saber cuánto afectó la vida de cada uno de sus miembros, porque las heridas de esa rotura quedan por dentro de cada uno de ellos y la mayoría de las veces los gritos de dolor quedan silenciados por falsas apariencias. Y es que el divorcio es un terremoto emocional que sacude la vida de todos en el hogar. Además de todo el daño emocional, la parte económica se afecta porque con los mismos sueldos, ahora tienen que pagar dos casas diferentes con sus respectivos gastos. Muchas veces los niños tienen que vivir con uno de los padres con el cual no tienen el mejor vínculo emocional porque con el divorcio quien rige a la familia es el frío Tribunal porque la familia se convierte en un caso más. Además, el padre o la madre que deja de vivir con sus hijos deja de ejercer influencia sobre éllos porque la relación ya no es igual que antes.

Los hijos se tienen que adaptar a las otras parejas nuevas de sus padres y las respectivas familias de estos. A veces las familias nuevas son amorosas, pero cuántas veces rechazan y maltratan a esos niños que no pidieron jamás estar en esas circunstancias. Si a esto le añadimos los padres que hablan mal de sus cónyuges desarrollando una cultura de odio en sus hijos, nos daremos cuenta de que el divorcio es una tragedia que debemos evitar mientras podamos arreglar el matrimonio que tenemos. Los estudiosos del tema afirman que los hijos del divorcio muchas veces bajan su rendimiento académico, se sienten poco valiosos, muchos se sienten culpables del rompimiento de sus padres, otros se deprimen, otros manifiestan problemas de conducta y finalmente, la mayoría arrastra las consecuencias del rompimiento de sus padres a lo largo de toda su vida. Y todo ese dolor yo misma lo he visto manifestado en los adultos que he venido tratando en mis consejerías.

La solución a los problemas matrimoniales no es el divorcio, porque los conflictos en la convivencia de seres humanos siempre estarán presentes: hoy se resuelve uno y mañana aparecerá otro. Por lo tanto, lo más importante es aprender a resolver las diferencias con un diálogo eficaz en el que no existan gritos ni palabras soeces, sino en el que cada uno pueda ver con ojos de amor la necesidad de la otra persona y en vez de querer ganar la discusión, quiera resolver el conflicto en beneficio de la familia. Pero esto exige madurez espiritual y estar impregnados del amor de Dios en nuestros corazones. Lo que les estoy recomendando es lo que yo misma he practicado desde que me casé y ya a mis cuarenta y cinco años de casada, tengo una familia feliz que ha vencido las diferencias porque la paz de Dios está de verdad en nuestros corazones y nuestros hijos lo están practicando en sus hogares. En nuestra familia siempre estuvo presente lo que dijo Josué: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).

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