Ser maestro es ser un formador espiritual

Si bien resaltamos la responsabilidad de los padres en la formación espiritual de los hijos, la iglesia debe acompañar esta tarea. Es por eso que la figura del maestro cristiano, es tan importante.

Dios llama a personas a asumir la tarea de ser maestros o líderes de niños:
✓ No puede ser cualquiera
✓ No es una tarea para cualquiera
✓ No se puede hacer de cualquier manera.

Ser llamados a servir entre los niños es estar dispuestos a ser evaluados por el mismo Jesús que nos advirtió sobre el destino de aquellos que son de tropiezo para el desarrollo espiritual del niño.

Me preocupa cuando en las iglesias “cualquiera” puede ser un maestro de niños, y no se toma la debida dimensión de la influencia de esa persona en la vida espiritual del niño. Quizás el error sea pensar que en las clases bíblicas los niños deben estar “entretenidos”, y pensamos en personas que sólo hagan eso, los “entretengan”.

Un maestro no está para “entretener” a los niños mientras los padres están el culto. Un maestro está para enseñar la Palabra de Dios y pastorear a los niños, según sus necesidades. Si el maestro no puede asumir este compromiso, no es apto para esta tarea.

Dice Enrique Rojas (psicólogo y psiquiatra español): “Es esencial la tarea del educador. Se educa más por lo que se es, que por lo que se dice. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra… la exposición atractiva de otra vida incita a imitarla de alguna manera.”

Enseñar a los niños es una gran responsabilidad, y debe tomarse con seriedad.

Cuando nos involucramos con los niños, ya no somos jóvenes o adultos que pasan desapercibidos, sino que tomamos una relevancia especial en la vida de los pequeños. Ellos nos observan, nos oyen, miran nuestros gestos y se detienen ante nuestras actitudes. Por eso nos transformamos en modelos, en referentes para ellos.

No nos referimos a modelos “perfectos”, porque ¡ninguno lo somos! Somos modelos, y debemos mostrarnos como “modelos reales”, como cristianos que caminan cada día con Dios, que buscan su presencia en oración, que se alimentan de Su Palabra, que son obedientes a los consejos del Señor y que siguen los principios bíblicos en su propia vida.

“El factor más importante que influye sobre el aprendizaje es la vida y la personalidad del maestro” (Finley B. Edge).

Dijo Ronald Held: “Ellos le recordarán más por quien fue usted que por lo que usted hizo” (Ronald Held).

Ser maestro es ser consciente que nuestra vida dejará una huella en la vida de nuestros estudiantes. Nuestra vida será de inspiración para la vida de muchos niños que pasen por nuestra clase.

Un maestro es eficaz, cuando conecta la enseñanza con la vida.

En muchos pasajes se nos insta a poner en práctica las enseñanzas que recibimos de la Palabra de Dios, a ser “hacedores” y no sólo oidores.

Santiago 1.22 nos dice: “No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica.” (NVI)

Entonces, de nada vale que llenemos a los niños de nombres de personajes, de genealogías, de historias… si no hacemos que esa Palabra tenga relación con su vida, si no lo ayudamos a pensar en cómo poner en práctica aquello que oye, aquello que está aprendiendo.

Considero que esta parte de la clase es fundamental. Como maestros, no tenemos que solamente apuntar al área intelectual, al conocimiento; para que nuestra enseñanza sea efectiva tenemos que bajar esa enseñanza al área afectivo-volitiva, a la voluntad, para que luego esa enseñanza se traduzca en acción, se lleve a la práctica. Algunos materiales nos traen ideas y sugerencias de cómo hacer esa transferencia a la vida, pero muchos otros no. Muchos materiales se quedan en que los niños conozcan historias y personajes bíblicos, pero no los ayudan a pensar qué tiene que ver esa enseñanza con su vida: su persona, su familia, sus amigos, su escuela… entonces nosotros tendremos el desafío de “hacer puentes”, de conectar lo aprendido de la Biblia con la vida cotidiana y real del niño. Haremos esto para que nuestros niños sean “hacedores”, sean cristianos que vivan lo que dicen creer, y no sólo digan creer, sino que lo lleven a la práctica.

Creo que tenemos una gran responsabilidad al servir entre los niños. Tenemos el gran desafío de formar a una generación que VIVA LA FE, que la ponga en práctica. Basta de los que se dicen cristianos, pero que sus vidas no reflejan la eficacia de la fe en la que dicen creer. Basta de cristianos que no viven a Cristo. Necesitamos levantar una generación de cristianos que cada día “mueran para sí” y decidan “vivir para Cristo”.

Los tiempos que vendrán no serán mejores, a nuestros niños les tocará actuar en un mundo más complejo y más depravado, como nos dice la Palabra: “la maldad aumentará”. Por eso tenemos que poner nuestra mirada en la nueva generación, tenemos que capacitarlos, tenemos que destinar los mejores recursos para que ellos sean formados integralmente. Cuando ganamos a un niño, ganamos una vida completa para Cristo. Sigamos sembrando la Palabra de Dios en sus vidas con la certeza de que esa semilla dará fruto abundante para la Gloria de Dios.

 

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