¿Amas a tus hijos?


Posiblemente me digas: “Por supuesto”. Pero, amar no es suficiente. Es necesario que nuestros actos, gestos y actitudes confirmen ese amor. Los niños perciben cuánto los amamos por nuestra manera de hablarles, por el tono que usamos, por la calidad del vocabulario de nuestras conversaciones, por los comentarios que hacemos cuando estamos viviendo momentos de tensión, por el respeto que les manifestamos al tratarlos, entre otros detalles que son los que van tejiendo una relación de amor con nuestros hijos.

La pandemia del coronavirus ha llegado para revelar cuál es nuestro verdadero carácter y cuán preparados estamos para manejar la tensión que provoca una enfermedad que parece incontrolable.

Uno de los aspectos que me han impresionado es cuán difícil ha sido para muchos permanecer en su hogar. Alegan que es aburrido, que es difícil estar atendiendo a los hijos todo el día, que están deseosos de que todo esto termine para que los niños se vayan a la escuela, que no han salido de la cocina y podríamos seguir enumerando razones que en apariencia son válidas, pero cuando las analizamos son muy tristes. Y el efecto que tienen en la vida de nuestros hijos es destructivo.

Mientras escuchaba todo tipo de comentarios, ya fuera en las noticias o por Internet, recordé la niñez de mis tres hijos y me llené de felicidad saboreando los recuerdos que evocaba con cada fotografía de tantos años atrás. Guardo también dibujos, cartitas, tarjetas postales y detalles que me traen a la memoria tanto y tanto amor.

Hubo un día en particular que todavía lo llevo grabado en mi corazón. Salí a la hora de siempre a buscar a mis hijos a la escuela. Al estacionarme, escuché una conversación entre dos mamás que también habían ido a recoger a sus niños a la escuela. Ambas estaban celebrando con muchísimo entusiasmo la noticia de que la academia había extendido el horario escolar. Cuando vi aquella escena, mi corazón se entristeció porque yo en aquel mismo momento estaba lamentando el que la escuela había extendido su horario.

Puede ser que encuentres mi actitud ridiculísima, pero desde antes de que mis hijos nacieran, me programé para amarlos, cuidarlos y protegerlos sin que ellos sintieran que eran una carga pesada en mi vida. Por eso los iba a buscar con alegría, les demostraba que estaba feliz cuando tenían días libres y cuando llegaban las vacaciones, les cocinaba con amor y siempre les proyecté con mis acciones y mi vida entera de que ellos eran una bendición en nuestro hogar.

Hoy me he vuelto a confrontar con los comentarios de padres y madres que, con la cuarentena impuesta por el coronavirus, están diciendo que no saben qué hacer con los niños en la casa. Creo que es tiempo de repensar nuestras palabras y nuestra manera equivocada de pensar. Nuestros hijos nos observan y perciben más allá de lo que les decimos sin palabras. Desde hoy, dedica tiempo a reflexionar en estas palabras que salen de lo más profundo de mi corazón. Posiblemente te parecen pasadas de moda o de época, pero ahora que ya mis hijos tienen treinta y tres, treinta y seis y cuarenta y dos años; estoy recogiendo el fruto de lo que sembré con amor, paciencia, lágrimas, esfuerzo y oración.

Todos mis hijos le sirven a Dios con sus respectivas familias en la iglesia que pastoreamos mi esposo y yo. Mis nietos están siendo enseñados con los principios que enseñamos a nuestros hijos. Mis hijos han superado lo que aprendieron en nuestro hogar. Creo firmemente que siempre hay espacio para hacerlo mejor y ellos me lo han demostrado con sus vidas. Pero esto no se logra al azar, necesita que implementemos una enseñanza con amor y propósito.

¡Dios nos ha regalado a nuestros hijos! ¿Qué vamos a hacer con ese tesoro tan valioso? ¿Dejaremos que tomen cualquier forma o aprenderemos de lo que Dios nos dice en su Palabra y los formaremos conforme al corazón de Dios?

Para formarlos conforme a ese corazón divino, es necesario que tú hayas conocido e imitado a Jesús. Porque nadie puede dar lo que no tiene.

Fíjate lo que dice la Palabra: “Una persona buena produce cosas buenas del tesoro de su buen corazón, y una persona mala produce cosas malas del tesoro de su mal corazón. Lo que uno dice brota de lo que hay en el corazón” (Lucas 6.45 NTV).

Llena tu corazón de Dios para que todas tus acciones puedan ser imitadas por tus hijos. ¡Es el mejor legado que les puedes dejar!

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